Archivo para 26 octubre 2010
La Antisocialidad [a veces] Es Sana
[Escribí esta entrada la semana pasada, pero la subo hoy sin modificar nada]
Reconozco que mi comportamiento no es del todo normal, pero que conste que el de la gente tampoco. Para ponerles en antecedentes diré que estoy en el aeropuerto de París esperando a que salga mi vuelo después de pasar dos días en una especie de taller formativo para periodistas de salud. Es decir, después de un viaje de trabajo. Por cierto, las tiendas en París están abiertas, no he visto ninguna manifestación y de no ser por los vuelos cancelados y los continuos retrasos la huelga me hubiera pasado desapercibida.
Pero a lo que vamos. Dos días en un hotel con numerosas charlas –algunas aburridas y algunas enriquecedoras – de gente, eso sí, muy motivada. Algún que otro rato para descansar y ver las calles de París, una cena de bienvenida y una comida de despedida.
Todavía durante las ponencias me sentía más o menos cómoda (y eso que, sin exagerar, la inmensa mayoría de los asistentes tendría cuarenta años más que yo), pero en los ratos del restaurante… ¡qué mal lo he pasado!
Porque todavía en español, aunque te sientas fuera de lugar, puedes hablar del tiempo, de las últimas noticias o de cualquier otra tontería. Pero en inglés las conversaciones se reducen mucho. Más aún cuando cenas junto a cuatro señoras [espero que no se ofendan porque añadiría de buena gana la palabra mayores] finesas.
La cosa siempre empieza bien: encantada de conocerla, ¿es italiana?, ¿española?, ¿es la primera vez que está en París?, ¡qué interesante la charla de antes!, ¿para qué medio trabaja? Y ya. A partir de entonces a masticar lo más rápido posible, a beber agua para tragar mejor –en mi caso ni siquiera porque en un intento de amabilidad me la echaron con gas– y a soltar una sonrisa forzada de vez en cuando para intentan esconder lo que realmente piensas: ¿por qué no puedo ser invisible o, mejor aún, desaparecer?
En otros viajes de trabajo con gente española también me ha pasado. Básicamente me ocurre cada vez que me siento fuera de lugar, cosa que pasa bastante a menudo cuando conozco a gente nueva. Pero bueno, en este caso ha sido peor. Así que al desayuno he bajado in extremis: un vaso de zumo y un cruasán a toda prisa. Pero, lo más importante, en una mesita yo sola, que era lo que perseguía apurando el horario.
En la comida también me ha tocado socializarme, pero lo he llevado mejor. Digamos que no me he molestado mucho en participar en la conversación de mis compañeros de mesa después de las presentaciones de rigor. Por comodidad propia y porque hablaban en francés. ¡Qué maleducados!, pensarán algunos, pero yo les aseguro que para mí ha sido un alivio. Y eso que el francés me parece un idioma horrible.
Pero, vamos a ver, de hablar con ellos hubiera tenido que hacerlo sobre la difusión de la pandemia del H1N1, la postura de los medios franceses, etc. Así que mejor masticar, beber, sonreír y salir pitando. Aunque para ser justos diré que en este caso hasta me he hecho una foto con uno de los pocos jóvenes que había en el congreso. En este punto me parecía muy simpático, después verán que me resultó demasiado simpático.
Las últimas charlas han sido, de verdad, infumables, pero he estado tomando algunas notas y al final se han pasado bastante rápido. Después me he ido a dar una vuelta yo sola –qué paz– y a la hora acordada he estado en la puerta del hotel para que me llevaran al aeropuerto. A mí y a siete personas más. En un autobús de 55 plazas.
Estaba yo ya sentada junto a la ventanilla, como a mí me gusta, con mi libro y con mi MP3, tan tranquila… pensando que tenía cuarenta minutos para disfrutar cuando, de repente, mi amigo el de la foto –que era de los que participaban en todas las ponencias haciendo preguntas, apostillas y comentarios– se sienta a mi lado. “Hello”, me dice.
¿Pero no hay sitios en el autobús para que tengas que ponerte aquí? Pues no. Y eso que había colocado estratégicamente el bolso y el abrigo para marcar territorio. En fin, que de leer, escuchar música y pensar en mis cosas nada. Pero es que encima, claro está, como no nos conocemos de nada la mayor parte del tiempo no la pasas hablando, sino pensando en qué decirle para rellenar los silencios incómodos. Que es lo peor.
Mi vuelo sale a las 19.45 y el suyo a las 20.00 pero en cuanto he llegado al aeropuerto me he disperso. “Have a nice flight”, le he dicho como dando por concluida nuestra conversación. Y parecía que había funcionado. ¡Pero me ha encontrado! Menos mal que ha sido a última hora, que ya me estaban llamando para embarcar. Ha quedado en mandarme nuestra foto por correo -al de Sociedad-, así que he avisado a mi jefe de que si llega una foto mía con un negro la obvie y, de paso, no deje volar su imaginación.
Cuando he llegado al avión tenía cierta desconfianza. Pero me he sentido muy bien comprobando que no soy la única a la que, cuando viaja sola, le gusta viajar sola. Resulta que yo tengo sitio en el pasillo y, como es obvio, tenía dos acompañantes: la del medio y el de la ventanilla. Pues la del medio se ha cambiado a otro sitio para estar con su marido y el de la ventanilla ha dicho: ¡uf qué bien! A lo que yo he respondido: desde luego, así podemos poner los abrigos, los bolsos… Nos hemos reído y, después, cada uno a lo suyo. Como debe ser. Él a jugar al solitario con su Blackberry y yo a terminar mi entrada.
Debe ser –vamos, es– que no me gusta conocer gente nueva. Sobre todo si va a ser para un rato. Pero es que no lo necesito: que puedo comer sola sin sentirme mal, que puedo pasear sola sin necesitar acompañante, que me gusta, oiga, que disfruto. ¿No lo entienden?


