Curiosidades Del Calcio Italiano I

Estoy leyendo un libro que se titula ‘Historias del Calcio’. Me lo recomendó hace un par de semanas mi amigo Víctor y, antes de haberlo terminado, ya puedo decirles que es una obra especial. En primer lugar porque supone mi primer “contacto profesional” -encuentros personales hemos tenido muchos- con el calcio italiano, un tema que espero llegar a dominar el próximo año. Además, la prosa de Enric González -su autor- no deja indiferente a nadie. Es, simplemente, un libro genial.

Por eso quiero aprovechar esta entrada para compartir parte del contenido de la obra. En concreto, dos historias: una, cuanto menos, curiosa; otra  desternillante.

Pero empecemos por la más seria. Yo ya sabía que el Torino, además de ser un equipo muy conocido de Turín, es un club desgraciado. En el sentido más literal de la palabra, ya que en 1949 toda su plantilla, al volver de un amistoso en Lisboa, sufrió un accidente mortal. Su avión se estrelló contra el monte Superga. No hubo ningún superviviente.

Desde entonces, el club cuenta con un santuario -llamado como el monte fatídico- que nos recuerda siempre la tragedia.

Como les decía, yo ya estaba al tanto de todo esto. Sin embargo, no sabía nada de otro de los momentos más negros de el conjunto del Piamonte. Fue hace 43 años, cuando el jugador Gigi Meroni era la estrella indiscutible del Torino Football Club.

Según cuenta Enric, era un jugador amado y odiado a partes iguales. Eso sí, un figura con el balón. Regateaba a los contrarios hasta llegar a humillarles pero luego, a veces, dedicada parte de su tiempo a consolarles. Un tipo raro, pero emblemático e insigne para los que piensan en el Torino como un equipo con siete títulos de la Serie A.

En pleno auge, después de terminar un partido y mientras volvía a casa, Meroni fue atropellado. Murió ese mismo día, el 15 de octubre de 1967. El que conducía el coche, al parecer, era un tifoso del Torino y, por ende, un gran seguidor del jugador. Tenía 18 años y se acababa de sacar el carnet de conducir.

La afición y la prensa lloró la muerte de la estrella futbolística, pero también trató de consolar -como hiciera Meroni con sus contrarios- al pobre chaval, que cayó en una depresión profunda. Pero lo realmente sorprendente no es que todos se apiadaran de él, sino que 35 años más tarde se convirtió en el presidente del club. Era Attilio Romero. Curioso, ¿no?

La segunda historia es radicalmente distinta. Tiene como protagonistas a los dos equipos romanos: la Lazio y la Roma. En el primer derbi de la temporada 2003-2004, el entrenador de los albicelestes Delio Rossi prometió a sus seguidores que, de ganar el partido, se bañaría en la fuente del Gianicolo. Era diciembre y, obviamente, hacía mucho frío. Pero no le importaba.

Ganaron 3-1 y Rossi cumplió con su palabra: se dio un chapuzón en Gianicolo y, ante los medios y bien envuelto en un albornoz, comentó que el agua no estaba tan fría como esperaba.

A la mañana siguiente, el diario romanista titulaba en portada: “A Delio Rossi, ce sei cascato! ” (algo así como: Rossi, caíste o caíste en la trampa). Al parecer, cuando terminó el partido, los seguidores de la Roma corrieron hacia la fuente elegida y descargaron en ella toda su frustación. Es decir, que orinaron allí. Está claro por qué el agua estaba tan calentita…

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9 noviembre 2010 at 19:23 Deja un comentario

La Antisocialidad [a veces] Es Sana

[Escribí esta entrada la semana pasada, pero la subo hoy sin modificar nada]

Reconozco que mi comportamiento no es del todo normal, pero que conste que el de la gente tampoco. Para ponerles en antecedentes diré que estoy en el aeropuerto de París esperando a que salga mi vuelo después de pasar dos días en una especie de  taller formativo para periodistas de salud. Es decir, después de un viaje de trabajo. Por cierto, las tiendas en París están abiertas, no he visto ninguna manifestación y de no ser por los vuelos cancelados y los continuos retrasos la huelga me hubiera pasado desapercibida.

Pero a lo que vamos. Dos días en un hotel con numerosas charlas –algunas aburridas y algunas enriquecedoras – de gente, eso sí, muy motivada. Algún que otro rato para descansar y ver las calles de París, una cena de bienvenida y una comida de despedida.

Todavía durante las ponencias me sentía más o menos cómoda (y eso que, sin exagerar, la inmensa mayoría de los asistentes tendría cuarenta años más que yo), pero en los ratos del restaurante… ¡qué mal lo he pasado!

Porque todavía en español, aunque te sientas fuera de lugar, puedes hablar del tiempo, de las últimas noticias o de cualquier otra tontería. Pero en inglés las conversaciones se reducen mucho. Más aún cuando cenas junto a cuatro señoras [espero que no se ofendan porque añadiría de buena gana la palabra mayores] finesas.

La cosa siempre empieza bien: encantada de conocerla, ¿es italiana?, ¿española?, ¿es la primera vez que está en París?, ¡qué interesante la charla de antes!, ¿para qué medio trabaja? Y ya. A partir de entonces a masticar lo más rápido posible, a beber agua para tragar mejor –en mi caso ni siquiera porque en un intento de amabilidad me la echaron con gas– y a soltar una sonrisa forzada de vez en cuando para intentan esconder lo que realmente piensas: ¿por qué no puedo ser invisible o, mejor aún, desaparecer?

En otros viajes de trabajo con gente española también me ha pasado. Básicamente me ocurre cada vez que me siento fuera de lugar, cosa que pasa bastante a menudo cuando conozco a gente nueva. Pero bueno, en este caso ha sido peor. Así que al desayuno he bajado in extremis: un vaso de zumo y un cruasán a toda prisa. Pero, lo más importante, en una mesita yo sola, que era lo que perseguía apurando el horario.

En la comida también me ha tocado socializarme, pero lo he llevado mejor. Digamos que no me he molestado mucho en participar en la conversación de mis compañeros de mesa después de las presentaciones de rigor. Por comodidad propia y porque hablaban en francés. ¡Qué maleducados!, pensarán algunos, pero yo les aseguro que para mí ha sido un alivio. Y eso que el francés me parece un idioma horrible.

Pero, vamos a ver, de hablar con ellos hubiera tenido que hacerlo sobre la difusión de la pandemia del H1N1, la postura de los medios franceses, etc. Así que mejor masticar, beber, sonreír y salir pitando. Aunque para ser justos diré que en este caso hasta me he hecho una foto con uno de los pocos jóvenes que había en el congreso. En este punto me parecía muy simpático, después verán que me resultó demasiado simpático.

Las últimas charlas han sido, de verdad, infumables, pero he estado tomando algunas notas y al final se han pasado bastante rápido. Después me he ido a dar una vuelta yo sola –qué paz– y a la hora acordada he estado en la puerta del hotel para que me llevaran al aeropuerto. A mí y a siete personas más. En un autobús de 55 plazas.

Estaba yo ya sentada junto a la ventanilla, como a mí me gusta, con mi libro y con mi MP3, tan tranquila… pensando que tenía cuarenta minutos para disfrutar cuando, de repente, mi amigo el de la foto –que era de los que participaban en todas las ponencias haciendo preguntas, apostillas y comentarios– se sienta a mi lado. “Hello”, me dice.

¿Pero no hay sitios en el autobús para que tengas que ponerte aquí? Pues no. Y eso que había colocado estratégicamente el bolso y el abrigo para marcar territorio. En fin, que de leer, escuchar música y pensar en mis cosas nada. Pero es que encima, claro está, como no nos conocemos de nada la mayor parte del tiempo no la pasas hablando, sino pensando en qué decirle para rellenar los silencios incómodos. Que es lo peor.

Mi vuelo sale a las 19.45 y el suyo a las 20.00 pero en cuanto he llegado al aeropuerto me he disperso. “Have a nice flight”, le he dicho como dando por concluida nuestra conversación. Y parecía que había funcionado. ¡Pero me ha encontrado! Menos mal que ha sido a última  hora, que ya me estaban llamando para embarcar. Ha quedado en mandarme nuestra foto por correo -al de Sociedad-, así que he avisado a mi jefe de que si llega una foto mía con un negro la obvie y, de paso, no deje volar su imaginación.

Cuando he llegado al avión tenía cierta desconfianza. Pero me he sentido muy bien comprobando que no soy la única a la que, cuando viaja sola, le gusta viajar sola. Resulta que  yo tengo sitio en el pasillo y, como es obvio, tenía dos acompañantes: la del medio y el de la ventanilla. Pues la del medio se ha cambiado a otro sitio para estar con su marido y el de la ventanilla ha dicho: ¡uf qué bien! A lo que yo he respondido: desde luego, así podemos poner los abrigos, los bolsos… Nos hemos reído y, después, cada uno a lo suyo. Como debe ser. Él a jugar al solitario con su Blackberry y yo a terminar mi entrada.

Debe ser –vamos, es– que no me gusta conocer gente nueva. Sobre todo si va a ser para un rato. Pero es que no lo necesito: que puedo comer sola sin sentirme mal, que puedo pasear sola sin necesitar acompañante, que me gusta, oiga, que disfruto. ¿No lo entienden?

26 octubre 2010 at 10:10 1 comentario

Me Cambio De Familia Política

Hay a quien más y a quien menos, pero lo cierto es que nos ha pillado por sorpresa a todos. El cambio de Gobierno se venía rumiando desde hace mucho tiempo [incluso recuerdo conversaciones en nuestro pequeño club Bildelberg allá por marzo], se daba por hecho la salida de la (ex)Vicepresidenta María Teresa Fernández de la Vega, pero curiosamente nunca se iba.

Siempre reaparecía los viernes en el Consejo de Ministros, con sus explicaciones -a veces cansinas- y sus evasivas -a veces inaceptables-. Mañana [todavía no me hago a la idea] no estará. Digo yo que ocupará su lugar Rubalcaba.

Ya lo he dicho muchas veces en este blog y fuera de él: el Ministro de Interior y recién estrenado Vicepresidente del Gobierno me gusta. Dicen que es gris, inteligente, calculador e incluso maquiavélico, pero ¿qué quieren que les diga? No sé si es un logro importante o si tiene poco mérito tal y como están las cosas, pero creo que es el mejor político del PSOE. Por eso estoy convencida de que Zapatero ha acertado otorgándole más poder y más peso en el partido.

También considero positivas las supresiones de los Ministerios de Vivienda y de Igualdad -sobre todo si implica menos gasto y, puestos a ser sinceros, menos Aído en televisión-, e incluso la marcha forzada de Corbacho. A Valeriano Gómez, Rosa Aguilar y Ramón Jáúregui no los puedo valorar porque no tengo el placer de conocerles, pero a priori no me resultan desagradables.

Ahora bien, lo que no termino de entender es el nombramiento de Leire Pajín -sí, la del puño en alto- como Ministra de Sanidad. ¡Por favor! Que no sé si está capacitada o no para el cargo, pero que es inoportuna donde las haya. Y ahora va a salir más -sí, todavía más- en los medios y, por tanto, va a tener más oportunidades para meter la pata. ¡Qué pereza, de verdad! ¡Qué pocas ganas! Eso sí, lo de los morritos está fuera de lugar, ¿eh? El alcalde de Valladolid se ha lucido.

Y, por último, tengo que reconocer que el cambio de Trinidad Jiménez a Exteriores me inspira desconfianza. Me explico: Moratinos no era fuente de mi devoción, o sea que por esa parte estoy contenta, pero otra vez la Trini… La tienen a la mujer de aquí para allá, que si ahora Ministra de Sanidad, que si luego candidata a la presidencia de la Comunidad de Madrid… ¡Y ahora Ministra de Exteriores! No me hagan mucho caso, pero creo que aunque la chica valga lo mismo “pa’ un roto que pa’ un descosío”, tanto vaivén y tanto cambio no puede ser bueno. Ni para ella ni para España.

En fin, que al final estos pensamientos no son más que elucubraciones, y que habrá que esperar a ver qué tal se adaptan los nuevos fichajes, si mejora el juego colectivo y, lo más importante, si cambian los resultados. Aquí al nuevo responsable de Trabajo, Valeriano Gómez,  todos lo vamos a mirar con lupa. Así que mucha suerte, míster. Desde aquí le deseamos lo mejor en su etapa, a ver si cambia el rumbo y remontamos. A poder ser antes de que termine 2011 y mi beca con EFE.

21 octubre 2010 at 23:37 2 comentarios

Las Dudas Y El Sentimiento De Culpabilidad

Últimamente me ocurre con demasiada frecuencia: no soy capaz de forjarme opiniones férreas en torno a algunos temas de la actualidad informativa. Entonces pienso que me estoy convirtiendo en una persona influenciable: un día veo las cosas desde una perspectiva y al día siguiente las observo desde la contraria.

A estas alturas no es que me extrañe mi actitud: soy de esas personas que no tienen casi nada “favorito”. Ni color, ni libro, ni cantante, ni película, ni actor, ni comida. -Equipo sí, pero ése es otro tema-. Vamos, que sí que los tengo, pero que varían en función del momento en que ustedes me pillen. Ya me entienden.

El caso es que en temas de “preferencias” tengo asumida mi indecisión, pero en temas de opiniones… la verdad es que me jode -y mucho- no tener las cosas claras. Principalmente porque yo antes no era así. Estaba segura de todo: de lo que era y de lo que quería ser. Y, por supuesto, de lo que pensaba: lo exponía, lo rebatía y lo defendía con uñas y dientes.

Ahora, como ya intuirán, claro, lo que se dice claro, no tengo nada. Que digo yo que estas crisis existenciales se tienen con 14 años, no con casi 24, que uno ya debe “tener encarrilada su vida”. ¡Y yo, más o menos, la tengo!, que conste. Pero… que dudo, jóder, que dudo. Y me estreso.

En fin, a lo que íbamos. Que  yo era de las que pensaba que la Ley del Aborto no implica obligatoriedad de abortar. O sea, que aprobar la normativa no iba a hacer que las chicas se lanzaran a abortar como locas. Y, vale, lo sigo pensando, pero ahora hay ciertas cosas que me preocupan.

Por ejemplo, un estudio que ha publicado El Mundo, en el que aseguran que las chicas de entre 13 y 18 años que han abortado no se deprimen más que las que siguen adelante con el embarazo. Entiéndanme, no es que yo espere que carguen con un sentimiento de culpa toda su vida pero, que digo yo, que algo les debería afectar. Con 13 o con 20 años.

Vamos, yo pienso que debe ser un trauma. En primer lugar porque estás privando de vida -ojo que digo privando de vida y no matando- a un potencial ser humano. Pero es que además hay que tener en cuenta la incertidumbre -sí, esa que tiene la culpa de todas mis dudas- que debe generarte el pensar: ¿y si no puedo tener más? A no ser que tengas clarísimo que no quieres tener hijos. Y ni siquiera.

Pero hay cosas peores. Si hace un par de días me topé con este estudio, ayer encuentro una noticia que habla de una mujer colombiana que abandonó a su hijo porque era “un pecado”. Resulta que su religión Pentecostal Unida de Colombia le impide tener hijos bastardos. Así que la mujer, en nombre de no sé qué Dios, parió a su hijo a la orilla de un río y acto seguido lo lanzó al agua. Después fingió, según cuentan en El Mundo, que “tenía un tumor en su abdomen y lo había expulsado en el baño”.

A lo mejor esta mujer tampoco se deprime más que las de su quinta, no lo sé. Pero lo cierto es que, como diría Laporta, debería hacérselo mirar. Que vale que mi mente, con eso de psicoanalizarme cada día, esté empezando a fallar. Pero esto es de psiquiatra. En serio.

¡Qué pena que Eva Padrón no pueda echarnos una mano a todos! Seguro que el mundo iría bastante mejor.

8 octubre 2010 at 10:47 Deja un comentario

Seguir Aprendiendo [Hoy Toca Cocinas]

¡Es increíble la capacidad de aprendizaje que tiene el ser humano! Sobre todo si tiene a alguien que le enseñe o le asesore en esta labor. Nosotros, por ejemplo, hace algo más de una semana nos adentramos en el maravilloso mundo de las cocinas, así en plural [la cocina en singular ya la conocemos de hace tiempo y vaya si nos gusta].

En fin, como pueden imaginarse, ni él ni yo teníamos ni idea de nada, pero nada de nada. Por no tener claro no sabíamos ni el color que preferíamos para los muebles, contra ni más para conocer algo de encimeras, copetes, gavetas o zócalos.

Pero hoy, sin embargo, no sólo es que tengamos el plano definido en la cabeza -hasta yo lo he conseguido, que como buena mujer mantengo una relación complicada con cualquier tipo de mapa-, sino que les podemos hablar de las ventajas y los inconvenientes de cada alternativa: que si el lacado es precioso, pero muy delicado; que si el PVC es muy resistente pero estéticamente menos atractivo. En fin, que  al final nos te quedas con la formica, que es lo que tiene todo el mundo porque es a la vez resistente , bonito y además barato. No me pregunten por qué.

Vamos, que cuando vas a una tienda a pedir un nuevo presupuesto ya no te sientes tan pardillo. Normalmente hasta pasas el examen: material, color, medidas, salida de humos y de agua… Eso sí, siempre hay alguna pregunta que te desconcierta: _¿lo quieren de un seno? -Eh, ¿perdón?- El fregadero, digo. Sí, sí, claro. _

Pero por lo demás sales de la tienda como reforzado, como si fueras alguien capaz. Ahora bien, no nos engañemos, sabes del tema porque has pisado ya cinco tiendas y te han asesorado estupendamente. Si no fuera por esas personas que en dos minutos te dibujan un plano -incluso en el ordenador- y te acoplan todo mientras tú piensas: ¡Jóder, hazme una fotocopia, que luego no me acuerdo de la distribución y ni siquiera me salen las líneas tan rectas!.. Ayuda profesional es como le llaman. Y es muy importante -yo diría fundamental- para aprender algo nuevo en cualquier aspecto de tu vida.

Así que con la excusa de las cocinas echas la vista atrás y piensas en todo lo que has aprendido -que sabes que no es mucho comparado con lo que deberías haber aprendido, pero bueno, lo asumes- y piensas en que en casi todo has necesitado ayuda. Y te llaman especialmente la atención algunas cosas, como que cuando tenías catorce años odiabas la Historia y gracias a otro profesional -como los de las cocinas pero en temas de reyes, guerras y demás- cuando tenías quince se convirtió en tu asignatura favorita.

O como cuando no sabías hacer una tortilla de patata y la insistencia de tu madre consiguió que te volvieras curiosa y aprendieras a cocinar ése y otros muchos platos -bueno, no tantos, pero ¿ven lo que les digo? El mundo de la cocina y la comida siempre sale a relucir. Será que gusta y, además, esta entrada es fundamentalmente de cocinas, ¿no?-.

Para todo necesitas ayuda en mayor o menor medida y, por eso, da un poco de miedo ser autodidacta. O, por ejemplo, estudiar un máster online. Que sí, que tienes atención del profesorado, etc., pero que nadie te explica nada. Pero es la mejor opción para combinarlo con un trabajo -sobre todo si estás en el extranjero-. Aunque entregar cada semana un módulo… Mejor, así te organizas a tu aire.

En fin, que por si no lo han entendido les estoy pidiendo ayuda para tomar la decisión. Aunque como veo que no están muy por la labor, soy aries y además llevo dándole vueltas un par de meses: lo voy a hacer. A ver qué sale.

20 septiembre 2010 at 21:02 Deja un comentario

Soy joven. ¡Y a mucha honra!

¡Estoy harta! Cuando no dicen que los jóvenes no tienen aspiraciones, empiezan con la cantinela del fracaso escolar y la falta de motivación. Por no hablar de la archiconocida generación ni-ni que, por si acaso alguien no se ha enterado todavía, hace referencia a ‘la juventud’ que ni estudia ni trabaja.

Vamos, a los que disfrutan viviendo del cuento y sus quehaceres van de la cama al parque, del parque a la discoteca y de la discoteca a la cama. O sea, a los vagos de toda la vida que, como tales, no tienen aspiraciones, ni motivaciones, ni ganas de nada. – ¿De verdad alguien se extraña de que los vagos sean así?–

El problema es que se habla de los jóvenes, así, en plural. Y se dice que es un colectivo que ahora, con el tema de la crisis –de la que también estoy harta, para qué nos vamos a engañar– es también una ‘generación perdida’. Bueno, técnicamente todavía no somos esos pobres perdidos, nacidos para vagar [y vaguear], pero lo seremos muy pronto, según la Organización Internacional del Trabajo (OIT).

La razón que da: los contundentes 81 millones de chavales de entre 15 y 24 años que se encuentran parados. O lo que es lo mismo: un 13 por ciento del total en todo el mundo.

Casi siempre dudo de las interpretaciones que hacemos los periodistas de las cifras, pero en este caso, si cabe, dudo mucho más. En primer lugar porque no entiendo que un niño de 15 años pueda estar parado –en España, por ejemplo, la educación es obligatoria hasta los 16–. Y en segundo porque es verano y las noticias escasean [doy fe].

Además, no es por ponerme de ejemplo, pero tengo 23 años y considero que tengo suficientes aspiraciones [incluso diría que soy una persona ambiciosa] y motivaciones de cara a mi vida presente y futura. Igual tengo suerte [o iniciativa] por tener un trabajo –quien dice trabajo dice beca– que me encanta, pero lo que está claro es que ni soy ni-ni, ni estoy perdida, ni soy una víctima de la sociedad.

Soy una persona joven, con muchas ganas de aprender y un montón de proyectos en la cabeza. Y, como yo, una gran mayoría. Los otros, los menos, son vagos. Y como tal hay que tratarlos.

Así que a todo el mundo que está tan preocupado por nuestras perdiciones y nuestras penurias, por favor, que dejen de generalizar. Que de esa forma lo que están haciendo es difundir una imagen errónea sobre nosotros y nuestras capacidades. ¿Y luego se extrañan de que los empresarios no nos valoren?

12 agosto 2010 at 13:08 Deja un comentario

La Tristeza Se Tiñe De Blanco Con Raúl De Azul

No he escrito antes por falta de tiempo y de ganas. ¿Qué le vamos a hacer? La noticia, aunque esperada, me impactó más de la cuenta. Tanto que hasta hoy no he podido coger el toro por los cuernos -ay no, perdón, el toro no, que en los tiempos que corren no es bueno utilizar su nombre en vano- para reflexionar sobre la marcha del capitán del Real Madrid, Raúl Gónzalez.

No ensalzaré sus virtudes porque son de sobra conocidas, ni ahondaré en la tristeza que me produce su marcha, ni explicaré el nudo que se me puso en la garganta cuando le vi con otra camiseta. Sobre todo porque no me quiero poner tierna. Ya saben ustedes que yo soy más de fatalismos que de sentimentalismos.

Pero es que no me digan que la marcha del 7 blanco no es algo horrible para el madridismo. No por sus aportes futbolísticos, que también, sino por lo que simboliza(ba) para el vestuario y la afición. Digamos -recuerden siempre que soy un poco derrotista- que Raúl era la esperanza de volver a ser lo que fuimos, digo lo que fueron.

La esperanza de que el Madrid volviera a confiar -algún día- en la cantera, de que apostara por talentos de 17 años y de que recuperara, al fin y al cabo, su identidad. Una identidad que desde arriba han pretendido mantener estos últimos tiempos a base de títulos -y ni siquiera lo han coneguido-, pero que para muchos se ha perdido en un limbo desconocido. Porque sí, es verdad que hace un par de años se ganaron dos ligas seguidas, pero créanme cuando les digo que no supieron tan bien como otros títulos.

No me malinterpreten y piensen que soy de las que creen que no se ganaron con justicia, que no van por ahí los tiros. Al contrario, pienso que fueron justísimos, pero igualmente se me atragantaron. Yo creo que fue por la guarnición que los acompañaba: cambios, cambios y más cambios. Yo, que soy de las que buscan la estabilidad por encima de cualquier otra  cosa, no llego a entender con claridad eso de que vengan jugadores para ser los mejores del mundo y que se vayan al año siguiente -y encima por la puerta de atrás-, o que se contraten entrenadores para recuperar la esencia del buen juego y sean cuestionados al cuarto partido. No lo entiendo.

Me cuesta. Y eso que muchos me dirán: Chica, es que eso es el Madrid, asúmelo. Y yo les diré que no. Que para mí el Madrid es (era) otra cosa. Muy distinta, además. Todo lo contrario: un club basado en un sentimiento. Un sentimiento de pertenencia que tenían Raúl y Del Bosque y Hierro y otros muchos que no voy a enumerar por no cansar al personal, ni resultar carca.

Menos mal que queda Casillas y que, por ahora, nadie cuestiona su titularidad (ni siquiera en la selección, para disgusto de algunos). Ojalá dentro de unos años la directiva sepa actuar con él mejor de lo que lo ha hecho con Raúl, y ya de paso ojalá que consiga que termine su carrera aquí. Con homenajes en condiciones, aplausos, lágrimas, fuegos artificiales y todo lo demás. Con Iker igual podemos, digo pueden, agradecerle todo su esfuerzo, con Raúl está claro que no. Que tendremos, digo tendrán, que apoyarle vaya donde vaya y demostrarle así que sigue en nuestros -sus- corazones.

Lo que sí podemos -pueden- hacer los madridistas es soñar con que el capitán vuelva al Real Madrid, no necesariamente vestido de blanco, sino de traje y corbata los fines de semana y de corto con libreta los de diario. Entonces Guardiola dejará el Barcelona y la cantera blaugrana dejará de dar buenos jugadores. Y los entrenadores cambiarán cada poco tiempo y se enfrentarán a su presidente -poco identificado con el club- día sí y día también. Entonces, cuando Raúl apueste por la cantera y el Madrid lo gane todo, el Barça se gastará millonadas en fichajes inservibles y llenarán su plantilla de extranjeros.

Que, jóder, tal y como está el Barcelona hoy en día cuesta ver la luz al final del túnel. Al contrario, cada día que pasa te hunden más en el fango. Aunque termines la temporada con un montón de puntos y una auditoría te saque una sonrisa al desvelar que tienen una deuda astronómica. Es ver la base del equipo que tienen cada año y, qué quieren que les diga, una se muere de envidia. Y no precisamente sana.  Así que vamos a confiar en el de siempre, en el que tira del carro, en Raúl. Que venga a salvarnos como hizo Guardiola con el eterno rival. ¿Cuándo? No importa, pero que vuelva. El madridismo, si es que por entonces queda algo de él, lo necesitará. Como lo ha necesitado todos estos años.

1 agosto 2010 at 12:28 Deja un comentario

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