Sigo pensando que Felipe González hubiera sido un gran Presidente para la Unión Europea y, sin embargo, tengo que reconocer que sentí cierto alivio al saber que ni siquiera se presentaba como candidato. Lo digo con suma tristeza porque esta reflexión no viene sino a demostrar la escasa confianza que tengo en la política española. Ojo, no quiero decir con esto que los líderes de nuestro país no estén capacitados para dirigir la nueva Europa (reitero lo escrito en la primera línea) o que, como dicen muchos, España sea un país que todavía no se ha desarrollado suficientemente para este tipo de responsabilidades.
Lo que yo pienso es algo mucho más pragmático. Si Felipe González [o Miguel Ángel Moratinos, o José María Aznar o cualquier otro político español] hubiese conseguido llegar hasta la cúpula de poder de la UE, estoy convencida de que habría sido peor el remedio que la enfermedad.
Me explico: por un lado, imagínesen a Leire Pajín con el puño en alto presumiendo del éxito cosechado por el Partido Socialista y anunciando a los cuatro vientos la importancia de los encuentros entre el ex-Presidente español y Barack Obama. Si quieren, póngale el himno de la Internacional de fondo.
Por otro, traten de visualizar a Soraya Saenz de Santamaría [con vestido negro ajustado o no, según prefieran] sacando los trapos sucios de la entrada de España en la OTAN y recordando cómo los GAL hicieron todas sus fechorías durante el mandato de González.
Saben igual que yo que después de estas declaraciones que he puesto de ejemplo vendrían muchas más. Tantas como para eclipsar una noticia tan importante para España como la de que un político de este país formara parte de un proyecto ambicioso para diseñar una nueva Europa.
Pero, ¿qué sentido tendría que España participara activamente en esta iniciativa? En Europa se busca la unidad política de 27 países, cada uno de su padre y de su padre, dispuestos a ceder en favor de una representatividad común. En España, un solo estado de algo más de 45 millones de habitantes, lo que se persigue es la crispación. Es la división en dos bandos que nunca pueden dejar de estar enfrentados. Es la posibilidad de presumir de lo propio y desacreditar lo ajeno.
Más de uno me dirá que todo esto es marca de la política y que en todos los lugares pasa lo mismo, pero no es verdad. Bélgica entera está dando saltos de alegría por el nombramiento de Herman Van Rompuy como Presidente de la Unión Europea. Toda Inglaterra había preparado con sumo cuidado la candidatura de Tony Blair para que si éste no salía elegido lo hiciera otro de los suyos, en este caso la laborista Catherine Asthon. Y qué decir de los franceses y alemanes, que desde la sombra, saben que siguen llevando las riendas del viejo continente. Todos contentos.
Menos los españoles, que no sabemos lo que es disfrutar de un triunfo político porque tampoco sabemos lo que significa la palabra unidad en este ámbito de la vida [la política] que, nos guste o no, casi siempre está presente. Todo por lo nefasto de nuestro pasado.
El deporte ha conseguido que tener una bandera de España en casa y emocionarse con el himno del país donde vives no sea motivo de vergüenza, linchamiento o catalogación de franquista. Ha conseguido que sea una opción tan legítima como cualquier otra. Y parecía imposible.
¿Podremos algún día conseguir que la mayoría de los españoles, sean del partido que sean y tengan la ideología que tengan, se alegren de que uno de sus políticos sea valorado por el resto de países del mundo? Y que nadie piense lo que no es: que la unidad política de España es compatible con todo tipo de nacionalismos, y que nada tiene que ver con la retórica franquista que tanto daño nos ha hecho a todos.
Antes de comenzar a escribir este artículo les voy a pedir una cosa: por favor, no tengan en cuenta el hecho de que estas felicitaciones llegan con ocho días de retraso. Piensen, por el contrario, que los cuarenta hay que celebrarlos por todo lo alto y que, claro, con personalidades de la talla de Michelle Obama, este pequeño blog no puede competir.
Que, ¿por qué meto a esta mujer en esto? Porque fue la primera dama de Estados Unidos la que tuvo el privilegio de acoger el cuadragésimo cumpleaños de Barrio Sésamo, ese serial educativo que ha triunfado [y sigue triunfando] generación tras generación. Pero no se preocupen, que hoy los protagonistas no son políticos, sino muñecos de felpa, títeres, marionetas y actores disfrazados que, por encima de cualquier cosa, nos hicieron pasar grandes momentos delante del televisor.
Quizá el personaje que recuerdo con más cariño sea el de Espinete que, si bien no existía en la versión original estadounidense, fue el protagonista fundamental de la edición española y cumplirá 30 años el próximo mes de diciembre. Era, para los que no se acuerden, un erizo gigante rosa que compartía aventuras y conocimientos con Julián, el tendero, Chema, el panadero, Ana, la hippy y, por supuesto, su gran amigo Don Pimpon. Era un ser entrañable y, además, un ejemplo a seguir para todos los niños que tuvimos el placer de conocerle. Nada que ver con el Shin Chan de ahora, maleducado e impertinente donde los haya.
Pero Espinete no era el único que hacía de este programa un algo tan especial. También estaban Coco, el monstruo de las galletas; la rana Gustavo, el reportero más dicharachero de Barrio Sésamo, Elmo, pequeño, rojo y peludo; y por supuesto, Epi y Blas. ¿Se acuerdan? Eran esa pareja de muñecos de felpa tan diferentes: uno alto, otro bajo, uno risueño, otro gruñón, uno naranja, otro amarillo; y al mismo tiempo tan amigos. Una amistad que perdura desde hace cuarenta años y que, ni siquiera la soez de Padre de familia que los representó como una pareja de homosexuales que compartían algo más que cama, ha conseguido empañar.
Para ellos empieza un momento duro en su vida. No sólo porque cumplen 40 años y, con ellos, llega la crisis que tantos hombres aquejan, sino porque ahora tienen que lidiar con una generación nueva. La de los chavales que prefieren los Pokemon a Heidi, y que no saben quién es la abeja Maya, ni por qué lloraba tanto Marco. Pero no pasa nada. Estoy segura de que sabrán adaptarse a los cambios, y que estos niños que hoy se emocionan con las historias de los vecinos de Barrio Sésamo en su sofá, mañana escribirán una entrada en un blog para conmemorar su 80 aniversario y ponerse un poco más melancólicos de lo normal.
Era de esperar y, sin embargo, decepciona. Quizá porque se habían depositado muchas esperanzas en esta cita internacional, o quizá porque la Cumbre de Copenhague llegó a simbolizar el fin de los privilegios del Protocolo de Kyoto. Nada más lejos de la realidad.
Hoy, un mes antes de la celebración de este evento, ya se sabe que no va a servir de nada. No se ha dicho con estas palabras, pero que China y Estados Unidos anuncien que va a ser imposible llegar a un acuerdo en la capital danesa viene a significar exactamente lo mismo. Y es que las dos naciones más contaminantes del mundo están comprometidas con el medio ambiente, pero un poco, sólo un poquito [como diría mi sobrino Marcos].
En fin, que Barack Obama y Hu Jintao no quieren comprometerse a reducir las emisiones de CO2 por el momento. Para contentar a la opinión pública, eso sí, lo que proponen es poner en marcha un acuerdo de dos etapas. La primera, la de Copenhague, para elaborar un escrito de buenas intenciones y convencer al mundo de lo importante que es el planeta para sus respectivos países. La segunda sería la de los compromisos serios y las obligaciones legales.
¿Cuándo y dónde? Aún no se sabe. Dicen que el escenario podría ser la conferencia de México del próximo año. Pero puede que sí o puede que no. Sólo depende de ellos. Es lo que tiene el Derecho Internacional, que ni regula, ni obliga, simplemente recomienda.
El Alakrana tendrá que esperar. Quiero decir [no me malinterpreten] que el artículo sobre el secuestro del pesquero español no lo escribiré hoy, como estaba previsto, sino más adelante. La razón de este cambio tiene que ver con los deportes [más concretamente con el fútbol], un tema que no trato a menudo en este blog pero que, como muchos de ustedes saben, me fascina.
Imagino que por el título sabrán a lo que me refiero: a la caída del Real Madrid en la Copa del Rey en dieciseisavos de final. Pero, no se confundan. A diferencia del resto del mundo, yo no quiero hablar del partido que ha enfrentado a los de Pellegrini con el Alcorcón. No quiero lamentar los tres palos (dos de ellos largueros) y el penalti no pitado a Rudd Van Nistelrooy. Ni siquiera quiero dar la enhorabuena a los chavales de Alcorcón, ni repasar el ridículo de la ida en Santo Domingo. Lo que realmente me lleva a escribir esta entrada es la vergüenza que he sentido hoy viendo el encuentro. Y no ha sido por los jugadores, ni por el marcador, ni siquiera por caer a la primera en Copa del Rey. Ha sido por el espectáculo que he vivido en el bar donde estaba viendo el partido.
Para ponernos en situación diré que llevo viviendo en Alcorcón desde que nací (de hecho, no soy de Alcorcón porque en su momento aquí no había ningún hospital). Para más inri, he jugado nueve años en el equipo de fútbol sala de la ciudad. Pero, ¿qué le vamos a hacer? Toda la vida he sido (y sigo siendo) del Real Madrid. Por eso no puedo alegrarme de la victoria de estos chavales, porque se enfrentaban contra mi equipo y porque, aunque les deseo lo mejor a partir de mañana, hoy me han amargado la noche.
Dicho esto, iré al grano. No me gusta ver el fútbol en los bares, pero no tener Canal Plus me ha obligado a ir a uno de ellos. Allí, a diferencia del resto de domingos donde abundan las camisetas de Benzema, Raúl y Cristiano Ronaldo, nada más que había alcorconeros. Pero de toda la vida, ¿eh? De estos que aplauden cuando el portero (por cierto, para la mayoría de ellos, que ni siquiera sabrán su nombre, se llama Juanma) para una pelota, que gritan cuando los delanteros se acercan a la portería de Dudek. Y que, cuando termina el partido, cantan orgullosísimos la serenata de “Yo soy de Alcorcón, de Alcorcón, de Alcorcón” y pitan por las calles con su coche.
Esos mismos que el resto de fines de semana, mientras que el Alcorcón juega en los pésimos campos de 2ºB (es la división en la que juegan estos chicos, para los que tampoco les haya dado tiempo a mirarlo en su rápida conversión futbolística), ellos se van al bar a tomar sus cervecitas y animar a su equipo. Bueno, rectifico, a un equipo de primera división que les debe caer simpático. Porque yo entiendo que a mi amiga Maribel, que el fútbol se la trae al pairo, se alegre de que gane el equipo de su ciudad. Más incluso entiendo que un antimadridista se alegre de todos los males que le pasen a este equipo. Y que cualquiera de otro club prefiera la victoria del pequeño. Pero es que hay muchos que dicen ser del Madrid que hoy se han sumado al carro de ser del Alcorcón. Y lo siento, pero no puedo entenderlo. Por mucho que me empeñe.
Porque, además, ¿saben qué? Que los que dicen ser de Alcorcón, de Alcorcón, de Alcorcón, son los mismos que en cuanto que el Real Madrid gana un título se enfundan la camiseta (falsa o verdadera) y salen a celebrarlo. Sí, sí, a bañarse en las fuentes de aquí de Alcorcón, a subirse encima de los coches y, si me apuran, a cantar el himno del Madrid a voces. Y, la verdad, me da rabia y, sobre todo, vergüenza ajena. Porque no son del Madrid, porque un madridista no puede alegrarse de que le echen de una competición a la primera de cambio. Porque no me creo que en Alcorcón, como en el bar donde he visto el partido, el 95% de los habitantes sean de otro equipo diferente al Madrid.
En conclusión: que es una vergüenza con todas las letras que la afición (buena parte de la afición) del Real Madrid sea tan mediocre. Ésa es la vergüenza ajena a la que se refiere mi titulo. La vergüenza propia es la de tener que compartir equipo con este tipo de gente. Eso sí, cuando a ellos les conviene decir que son forofos del mejor club de fútbol del siglo XX.
Seguimos con el mismo problema, pero cambiamos de escenario y de protagonistas [así la historia parece otra completamente distinta]. Ahora toca trasladarse a Estados Unidos, más concretamente a la base militar de Fort Hood [Texas], donde el jueves se produjo un tiroteo que acabó con trece muertos y una treintena de heridos. No fue un enfrentamiento entre bandas rivales, sino un atentado organizado por uno de los militares que trabajaba allí como psiquiatra especializado en estrés postraumático.
En este caso, el asesino tiene también nombre y apellidos. Se llama Nidal Malik Hasan, suma 39 años de vida y, al menos hasta ayer, prestaba sus servicios profesionales a la organización militar más poderosa del mundo: la estadounidense. Además añado, porque viene al caso [ya lo verán], que desciende de familia jordana y que, en un formulario de su mezquita con el que buscaba una esposa devota y fiel, registró su nacionalidad como palestina [había nacido en el estado de Virginia].
El jueves me sorprendió la noticia porque, aunque ya son muchas las matanzas registradas en el que se hace llamar país de las oportunidades, siempre llama la atención que los miembros de un ejército se maten entre sí. Sobre todo cuando, como bien apuntó Barack Obama en su intervención ante los medios, la opinión pública está criticando abiertamente las pérdidas registradas en el exterior.
“Este asalto ha sido consecuencia de un horrendo brote de violencia. Si ya es una tragedia perder soldados en el extranjero, mucho más horrible es que hayan caído bajo el fuego de una base del Ejército en suelo estadounidense. Como comandante en jefe me voy a asegurar de que se obtienen todas las respuestas a este terrible incidente.”
Las respuestas de las que se hacía eco Obama van llegando poco a poco. Ayer, por ejemplo, se descubrió que el organizador del asalto, que permanece ingresado pero fuera de peligro, estaba preocupado por su posible cambio de destino. Al parecer, el Pentágono no había confirmado todavía ese nuevo lugar de trabajo, pero Malik Hasan estaba convencido de que acabaría en el frente afgano. Y, a juzgar por los hechos, debe ser que la idea no le hacía mucha gracia.
Quizá “simplemente” fue un episodio de locura, o una forma intolerable de llamar la atención de la Casa Blanca en un momento clave en la reorganización de Oriente Medio. Pero nada es seguro. Aún no se han podido esclarecer las causas que pudieron llevar a este individuo a hacer lo que hizo. Y en esta incertidumbre hay teorías para todos los gustos.
Algunos expertos creen que no se trata de un atentado individual y que Hasan actuó en nombre de un grupo extremista. Una postura que va cogiendo peso a medida que varios testigos reconocen que el ataque vino precedido de la frase “¡Ala Akhbar!” [Alá es grande], y que sus vecinos cuentan que en cierta ocasión Hasan les entregó en mano un Corán y les obligó a leer un pasaje en su presencia.
Sea como fuere, lo cierto es que la violencia ha vuelto a aparecer en Estados Unidos. Y eso, si siempre es un problema, ahora mismo es una catástrofe. Sobre todo si se tienen en cuenta el resto de problemas que persiguen a Obama desde que ocupó la presidencia: la reforma sanitaria, la crisis económica, el cierre de Guantánamo… Y, por supuesto, la estrategia a seguir en Afganistán.
Si se confirma, como dicen, que Hasan cogió el arma para evitar su traslado al país de Karzay, buena parte de la opinión pública puede presionar todavía más para que se desmilitarice la zona lo más pronto posible. Pero a mí, que la desmilitarización no me parece tan buena idea como a los norteamericanos, me preocupan otras cosas. ¿Habrán conseguido los grupos extremistas árabes penetrar en el ejército de Estados Unidos? ¿Tendrá Obama a parte de sus enemigos infiltrados en su propia casa? ¿Tomarán ejemplo otros soldados que no quieran marcharse al frente y cogerán las armas para hacerse escuchar? ¡Cuántas preguntas! Y todas ellas están dirigidas a un mismo destinatario: Barack Obama. Pero para él no sólo son preguntas, son complicaciones. Más complicaciones.
No quiero extenderme demasiado en el tema porque, por un lado, me pone de muy mal humor y, por otro, creo que ya hemos dedicado suficientes líneas a esta ridícula pantomima. Me imagino que por el título no sabrán muy bien a qué me refiero. No se preocupen, yo les cuento el por qué de mi indignación y ustedes deciden si la comparten o no.
Hace algo más de dos semanas escribí en este mismo blog un artículo en el que hablaba de la posibilidad de que Hamid Karzay, actual Presidente de Afganistán, se viera obligado a ir a una segunda ronda electoral por presunto (seguro) fraude en la convocatoria del pasado 16 de Septiembre. Unos días más tarde, estos rumores se convirtieron en un hecho y se eligió la fecha del 7 de noviembre para la celebración de los nuevos comicios.
Yo ya avanzaba aquí [pueden leerlo, no se me vaya a tachar de ventajista] que me parecía una estupidez no asumir que en Afganistán, donde la cultura democrática brilla por su ausencia, se manipulara a la hora de votar. Es más, llegué a decir que bastantes problemas tenía el país como para preocuparse de la transparencia electoral, y que me parecía un completo sinsentido celebrar la segunda ronda.
Pues bien, después de que Karzay escuchara las apreciaciones de la UE y los datos de la Comisión Electoral de Quejas (según los cuáles un 10% de los colegios electorales fueron víctima del fraude político), el presidente afgano aceptó la celebración de unos segundos comicios. Y todos tan contentos [¿O no?].
Pues parece ser que no. El principal opositor, Abdulá Abdulá, anunció ayer su retirada como candidato porque, según sus propias palabras, “la maquinaria que permitió un fraude masivo en la primera vuelta sigue intacta y unas elecciones limpias no son posibles.” Y yo me pregunto: ¿Qué esperaba? Él y todos los que propusieron esta nueva votación. ¿Que en menos de un mes se iba a convertir a los afganos en suizos y que el escaso 40% de participación se iba a disparar hasta un 80%? Evidentemente, no. Todo iba a seguir igual (incluso el Presidente) pero, al menos, se lavaba la cara de Karzay, al que se le había tachado de corrupto desde todos los ángulos posibles.
Pero esto, que ya me enerva en cierta medida, no es lo peor. Es que hoy leo en El País que ahora ya no se va a celebrar la segunda ronda para ratificar o invalidar la victoria de Karzay. Hoy ya se le proclama (quiero decir, que se le ha proclamado) Presidente electo para los próximos cinco años. Sin importar lo que se decía ayer. Sin tener en cuenta los votos falsos y la falta de transparencia que tanto soprendía y escandalizaba a los observadores de la ONU. ¡Y encima parece ser [lo dice el enviado especial de El país, Ramón Lobo, no yo] que esta decisión se ha tomado a raíz de las presiones de la ONU y Estados Unidos! Pero, ¿qué invento es éste?, que diría Sara Montiel.
Yo no entiendo nada y tampoco soy experta en el tema. Pero, vamos, que se han lucido. Primero propician la desconfianza (que ya existía, o sea que la incrementan) hacia Karzay. Como si no fuera suficientemente difícil gobernar un país como Afganistán. Ahora, encima, el hombre [que es de todo menos un santo] tiene que hacerlo con la etiqueta de manipulador, caciquista y embustero. Pero es que, además, ¿a qué está jugando la Comunidad Internacional? Que este señor no es un muñeco al que pones y quitas a tu antojo. Que puede ser la única vía para solucionar un conflicto que a algunos nos quita el sueño y a otros la vida.
Pues nada, así estamos. Sin saber si la estrategia va a ser Af-Pak, Pak-Af o salir por patas. Eso sí, dándoles otra ventaja más a los talibanes: habiendo revuelto todo y creado más desunión (si es que es posible) en torno a la vía más democrática (que no democrática) que tenía ante sí el pueblo afgano. ¡Y encima acabo extendiéndome y sin poder hablar de la muerte de José Luis López Vázquez!
Lo ha dicho hoy en una entrevista concedida a RNE [Audio]. En ella le han preguntado acerca de la propuesta educativa que había hecho el Partido Popular sobre “crear” un nuevo Bachillerato de tres años de duración. Es decir, que los chavales no salgan del Instituto antes de los 19 y que, por tanto, empiecen la Universidad un año más tarde.
El Minsitro se ha limitado a recordar que el sistema educativo español es muy rígido y carente de flexibilidad, y que hay que plantearse nuevas medidas a largo plazo:
“Dentro de esa rigidez sí es bueno que analicemos seriamente cuál es el alcance y el tipo del bachiller. Incluso que esbocemos la posibilidad de que haya una enseñanza obligatoria hasta los dieciocho años, como en otros países ocurre.”
¡Toma ya! Como si no surgieran complicaciones hoy en día con retener en clase a chicos de 15 años que no quieren estar allí. Los profesores no pueden echar a los alumnos del aula, tienen que aguantarles sea como sea. Es más, deben motivarles, cambiar su actitud insolente y enseñarles los conocimientos necesarios para mantener un mínimo de cultura. Todo eso sin poder levantarles la voz, ni mucho menos la mano, y, por supuesto, sin castigarles después de las clases porque los entrenamientos de por la tarde son bastante más importantes que cualquier norma de comportamiento.
¿Y quieren que ahora haya también chicos y chicas mayores de edad? Ya de por sí es contradictorio obligar a estudiar a alguien mayor de 18 años (¿o también quieren ampliar a 21 la mayoría de edad porque en otros países se hace?), pero es que no es sólo eso.
Por un lado, hay que tener en cuenta a un colectivo de chavales que no tienen la capacidad suficiente para asimilar los conocimientos obligatorios, y que necesitan de iniciativas especializadas como la diversificación. En estas clases (especiales, no nos olvidemos) se requiere bajar el nivel, dedicar más horas a las asignaturas más fuertes, contratar a profesores especialistas y, por supuesto, reducir drásticamente el número de alumnos.
Y, aún así, hay muchos jóvenes incapaces de conseguir el graduado escolar. ¿Qué será de ellos si, además de los contenidos de la ESO, se les obliga a “entender” las materias de Bachillerato?
Al margen de estos chicos, hay otro tipo de alumnos, un grupo cada vez más numeroso, que no quiere estudiar. Será porque no les guste, porque les aburra o, simplemente, porque les exija un esfuerzo que no están dispuestos a hacer.
¿Qué significa esto? Que sus padres, la Ley o quien tenga competencia pueden obligarles a asistir a las clases, pero no tienen la potestad para modificar sus comportamientos, la mayoría orientados a boicotear las explicaciones del maestro, distraer a sus compañeros y pasar el rato de la forma más divertida posible.
Conclusión: todos salen perjudicados. Ellos mismos porque podrían emplear ese tiempo en aprender un oficio que les permita asegurarse un futuro profesional; los profesores porque se sienten incapaces de cumplir con su cometido: enseñar; y los compañeros porque no pueden disfrutar de un derecho fundamental como es la educación. ¡Y todo esto con educación obligatoria hasta los 16!
Desde luego, espero que sea una maniobra para desviar la atención de los malos datos económicos y la corrupción en Santa Coloma porque, de lo contrario, voy a acabar pensando que la EDUCACIÓN [con mayúsculas] no le interesa a nadie. ¡Y luego queremos equipararnos al marco europeo!
Está visto que la crisis económica de estos últimos años está afectando a todos por igual. De hecho, el último en denunciar que no llega a fin de mes no ha sido un currito de la obra, sino el mismísimo presidente de Venezuela, Hugo Rafael Chávez Frías.
A lo mejor con los porcentajes se pierden, aunque las cifras reales son tan astronómicas que resulta casi imposible hacerse a la idea. Quédense con la esencia del mensaje: a partir del mes de enero, Chávez tendrá más de 1.500 millones de dólares a su entera disposición.
Eso sí, la partida más importante de este generoso presupuesto (9,5 millones) está destinada a las donaciones y ayudas que el Presidente, como si de un Dios misericordioso se tratara, reparte entre el “pueblo soberano”.
Por otro lado, Chávez no se olvida de lo más importante para él: su seguridad personal. Y es que, según ha comentado en numerosas ocasiones, su integridad física se ha visto amenazada de muerte 28 veces en diez años. Y, claro, eso no puede ser. Por ello, en este 2010, el Ministerio del Poder Popular ha cedido 8,37 millones de dólares que se suman al presupuesto de 8 millones que el Ministerio de la Defensa utiliza para garantizar la seguridad del mandatario político. En total, más de 16 millones de dólares.
Pero eso no es todo. Resulta que hay una partida “menor” de la que incluso Hugo Chávez se siente avergonzado. Son los más de 500.000 dólares que se reserva para los gastos derivados de su imagen. Entre ellos llaman la atención especialmente los 84.000 que se ha presupuestado para dotar a todas las casas presidenciales de “productos de tocador”. Y eso que, en esta misma semana, el líder revolucionario había instruido al pueblo acerca de cómo darse duchas “comunistas”, de no más de tres minutos, para contribuir a los planes de racionamiento de agua y electricidad que ha puesto en marcha del Gobierno.
“Hay gente que se pone a cantar en el baño, media hora en el baño. No, chico, tres minutos es más que suficiente. Tres minutos he contado yo y no quedo hediondo, se lo garantizo. Un minuto inicial, un minuto de jabón y champú, y un minuto para quitárselo. ¿Qué más hace falta para bañarse? Ah, y si te vas a tirar en la bañera y prendes el jacuzzi, imagínate tú, ¿qué comunismo es ese? No estamos en tiempos de jacuzzi. Vamos a ahorrar agua y energía eléctrica.”
Eso, pero que productos de belleza no falten en las casas presidenciales. Esto es predicar con el ejemplo y lo demás es tontería.
Muchos han sido los que han reído las gracias a Diego Armando Maradona, al que por meter unos cuantos goles (vale, muchos y muy importantes) y jugar muy bien al fútbol durante unos años se le ha llegado a considerar un Dios. Eso sí, drogadicto e impertinente donde los haya.
La última que ha montado el más boludo de la albiceleste seguro que ya la saben. Resulta que Argentina (el equipo que dirige) estaba jugando de pena la fase clasificatoria para el Mundial de Sudáfrica de 2010. Y claro, los periodistas (malvados y despiadados) criticaron su actitud y la de su equipo.
En los últimos minutos del partido contra Uruguay, Bolatti marcó y Argentina consiguió su pase para el Mundial. Por supuesto, Maradona sacó pecho. ¿Cómo? Diciendo vulgaridades, que últimamente parece que es lo único que sabe hacer. Eso y hacer un piscinazo con la pancha que ha echado. Pero, a lo que íbamos, que dijo la ya conocida frase:
“¡Yo tengo memoria, a los que no creían, a los que no creyeron…con perdón de las damas, que la chupen, que la sigan chupando!”
Y, a partir de estas declaraciones, todo tipo de gracietas. La más reciente la ha hecho hoy mismo en una rueda de prensa en Argentina. Ha dicho que no se arrepiente de los insultos proferidos (lo de proferidos lo digo yo, no él) contra un sector de la prensa de su país, y que lo dijo fuera del horario infantil.
La gente sigue adorándole como si fuera alguien respetable y yo, a ver qué remedio, lo voy aceptando. Lo que no me entra en la cabeza es que el llamado efecto Maradona haya contagiado a los políticos del país argentino. Porque que Dieguito sea un maleducado, pues es triste pero no hay nada que hacer. Pero que el dirigente peronista disidente y diputado Francisco De Narváez tome ejemplo de él, lo dice todo. Su perla literaria:
“¡La gente me agradece haberle roto el culo a los pingüinos!”
Los pingüinos, para quien no lo sepa, son los Kirchner, familia que preside actualmente el país. Sin entrar en valoraciones políticas, diré que no ha sido el único que ha entrado a formar parte de la escuela de Maradona. Ya hay muchos alumnos escolarizados, como el alcalde de Buenos Aires y presidenciable de centroderecha, Mauricio Macri, que ha sido premiado con una matrícula de honor por cómo utiliza su retórica: “No me vas a pedir que te la mame, ¿no? ¡Por favor te lo pido!”.
Puestos a pedir, yo lo que pido es que se vigilen estos comportamientos, que cada vez son más habituales entre la clase política y, ciertamente, dan vergüenza ajena.
Que las redes sociales como Facebook y Twitter ganan poder cada día estaba más o menos claro. Lo que no me podía imaginar es que se fueran a convertir en un instrumento político. Pero ya lo han hecho. Y no precisamente para unir simpatizantes de algún partido que llevan mucho tiempo sin verse.
Los pioneros no han sido los estadounidenses, como casi siempre. Esta vez les ha tocado el turno a los italianos que, hartos de los escándalos políticos de su Primer Ministro, han decidido pasar a la acción a través de Facebook.
¿Cómo? Creando grupos contrarios a Silvio Berlusconi en los que, incluso, se pide la muerte del polémico “Cavaliere“. No son uno, ni dos. De hecho, son tantos que han llegado a preocupar al colectivo más cercano del político italiano.
Sin ir más lejos, el periódico de la familia Berlusconi, Il Giornale, ha publicado un artículo llamado Aspiranti killer sul web: Uccidiamo Berlusconi, en el que se analizan las propuestas de varios internautas para asesinar al Primer Ministro.
Desde el diario, los periodistas han querido llamar la atención sobre el peligro que pueden acarrear estas acciones, así como la agresividad de los mensajes que allí se exponen:
“Hay que tener cuidado porque este tipo de cosas empiezan de broma y terminan en un funeral. Siempre hay alguien que no entiende bien el mensaje, que no lo entiende del todo, y acaba siguiendo el texto al pie de la letra para terminar en una locura homicida”.
Y tienen mucha razón. Silvio Berlusconi no es, para nada, un santo. Es más, me parece un desvergonzado, un ladrón y un político que se vanagloria de tomar medidas casi dictatoriales. Pero fomentar su asesinato no debería estar permitido y, si alguna vez se lleva a cabo, todos nos llevaremos las manos a cabeza.